Los partidos políticos nos están llamando a las urnas. Todos nos quieren seducir con sus propuestas para que les votemos pero una pregunta que no debemos olvidar, para no arrepentirnos después, es la siguiente: ¿qué dicen los partidos sobre Libertad Religiosa?

La Libertad religiosa, entendida como derecho colectivo de los creyentes, es una asignatura pendiente que se juega más en la liga de la confrontación partidista que en el ámbito de la justicia democrática.

Los partidos aprovechan su posición en relación a la Iglesia Mayoritaria para establecer sus criterios de actuación en materia de Libertad Religiosa. De esta manera caen en la misma trampa de lo que dicen querer huir.

¿Está la democracia española suficientemente madura para pensar la Libertad Religiosa desde la pluralidad de creencias?

Una mirada a los diferentes programas electorales de los diferentes partidos políticos que se presentan en estas elecciones nos aporta un panorama más bien triste.

Pensemos antes de votar.

Aunque todavía hay una propuesta mejor.

Interpelemos a los partidos políticos para que no olviden la Libertad Religiosa en su agenda de los próximos años.


Desde Bruselas, la capital de Europa, nos llega la noticia de que lo que crece en el viejo continente es la pobreza. Uno de cada cuatro europeos es pobre, que se dice pronto. En su momento, los organismos europeos se propusieron lo que se llamó la estrategia "20/20". Es decir: que en 2020 en Europa hubiera 20 millones menos de pobres. De momento lo que se ha conseguido es exactamente lo contrario: que en el año 2010 la pobreza haya aumentado en Europa en cinco millones de personas.

Lo más grave de todo esto es que no sólo ha crecido la pobreza relativa, sino que ha crecido también la pobreza extrema. Es decir: los que no tienen "nada de nada" cada día son más.

Más pobres y más extremadamente pobres. 

Según las últimas estadísticas en Europa ya son 123 millones los que tenemos apuntados a la cola de la pobreza.

Según la misma fuente informativa, los pobres no sólo viven en el sur de Europa, sino que la pobreza se extiende incluso dentro de la misma Alemania -la primera potencia económica de la Unión Europea.

Y sin dejar la fuente consultada, en Europa se puede ser pobre incluso disponiendo de un trabajo. Trabajar y ser pobre. Inconcebible.

Lo cual quiere decir que hemos llegado a certificar el absurdo social más absoluto.

Como parte de la Iglesia de Jesús tenemos que levantar, una y otra vez, nuestra voz profética para pedir justicia y justicia social.

Lo que pedimos a nuestros políticos es valentía para enfrentar esta infamia.

Hay que cambiar la situación.

No podemos continuar en esta pendiente de degradación.

La pobreza, y aún más la pobreza extrema, es socialmente inaceptable.

¡¡¡En nombre de Dios!!!

Señoras y señores que gobiernan: ¡¡¡Recuperen la cordura!!!!

De "11 de Septiembre" no hay uno, hay varios. Entre los que puedo recordar está el golpe de Estado chileno contra Salvador Allende, el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York y la Diada de Catalunya.

Las últimas Diadas de Catalunya están abriendo un nuevo debate político y social que está penetrando en las Comunidades Locales de la Iglesia Protestante por mucho que los pastores y las pastoras tratemos de mantenerlo fuera de nuestras cuatro paredes.

Sin embargo, antes de que la sociedad catalana y española se plantee la cuestión del separatismo o del unionismo hay un debate previo que ya ha llamado a la puerta de la Iglesia Protestante. Se trata del Derecho a Decidir.

La pregunta que se plantea es la siguiente: ¿Tiene el pueblo de Catalunya derecho a poder decidir sobre su propio futuro político?

Estar a favor del Derecho a Decidir no significa estar a favor de la Independencia de Catalunya sino estar a favor de que la gente pueda libremente opinar sobre su futuro político.

Se trata de una cuestión de derechos.

Habrá quien pueda estar a favor del Derecho a Decidir y que vote que Catalunya siga siendo parte de España y habrá quien esté a favor del Derecho a Decidir y que vote que Catalunya se independice de España.- naturalmente, si es que hubiera esa posibilidad.

Para algunas personas aceptar que Catalunya tiene el Derecho a Decidir sobre su propio destino es inaceptable. Para otras personas la defensa de la Derechos Humanos y de los derechos democráticos conlleva que los pueblos tengan derecho a decidir sobre su propio futuro político.

Para unos el Derecho a Decidir es una cuestión de interpretación de la legalidad para otros es una cuestión de derechos fundamentales.

Si se acepta que el pueblo catalán puede ejercer su Derecho a Decidir entonces se abre la puerta a que pueda haber, o no, una votación sobre el futuro político de Catalunya.

Si de entrada se niega el Derecho a Decidir es una manera efectiva de evitar que haya votación.

La verdad sea dicha es que ni unos ni otros tienen claro quien, en caso de que se produjera una votación, ganaría en las urnas.

La pregunta que cabe formularse ahora es la siguiente: ¿En qué afecta a la Iglesia Protestante esta cuestión?

Nos afecta de dos maneras:

Primera, porque es una cuestión de derechos y de derechos fundamentales y cabe preguntarse si debemos mirar hacia otra parte o si debemos plantearnos el debate.

Segunda, porque decidamos lo que decidamos institucionalmente se ha pedido a la Iglesia Protestante y a las principales Confesiones Religiosas de Catalunya, incluida la Iglesia Católica, que se sume a la defensa del Derecho a Decidir.

La petición nos ha puesto contra las cuerdas y nos ha puesto en la encrucijada. Podemos negarlo e incluso podemos dilatarlo en el tiempo pero aunque lo hagamos la verdad es que la historia sale a nuestro encuentro y nos demanda una respuesta.

Pero además hay otro debate: el de la independencia.

Querámoslo o no la cuestión de la independencia está en la vida cotidiana de la gente y, por extensión, está en la vida de las familias de nuestras Comunidades Locales.

Hay entre nosotros, al igual que en el resto de la sociedad, como mínimo dos grandes corrientes de opinión:

Por un lado están los que opinan que Catalunya debe separarse de España.

Por otro lado están los que opinan que Catalunya debe permanecer en España.

Para unos los que opinan diferentes son separatistas y para otros los que opinan diferente son unionistas. El porcentaje de unos y otros varía en cada Comunidad Local. Muchos ya han tomado partido. Otros lo harán en el transcurso de los próximos meses.

En contra de lo que se pudiera pensar la lengua relacional, catalán o castellano, no es un factor determinante a la hora de marcar posición política.

Seamos separatistas o seamos unionistas o no sepamos todavía lo que somos lo cierto es que este segundo debate social también llama a las puertas de la Iglesia.

¿Debe la Iglesia Protestante debe plantearse esta cuestión?

Seguramente para algunos la Iglesia Protestante debería plantearse la cuestión y debería hacerlo para reforzar sus respectivas posiciones políticas- sea una o sea otra.

Desde mi punto de vista nos haríamos un flaco favor a nosotros mismos, y a la misión y al testimonio que tenemos encomendado, si entramos en ese debate.

Por el contrario, el mensaje que debemos transmitir los líderes de la Iglesia Protestante es estos momentos es muy claro:

Primero, que como parte de la Iglesia de Jesucristo nuestra encomienda nos exige estar unidos a Cristo y entre nosotros y entre nosotras más allá de cuales sean los ideales políticos de cada uno de nosotros y de nosotras.

Segundo, que se decida lo que se decida la Iglesia Protestante de Catalunya siempre estará al lado de nuestro pueblo para llevar el mensaje de Salvación y Vida que está en Jesús, siempre estará al lado de nuestro pueblo para encarnar los Valores del Reino de Dios hasta que Cristo vuelva.

El mensaje de nuestra unidad y la responsabilidad de asumir la misión que Dios nos ha encomendado ha de estar muy claro y por encima de todo en la mente, el corazón y la voluntad de todos nuestros dirigentes y de todos y cada uno de los miembros de nuestras Comunidades Locales.

Y pienso que en estos dos puntos deberíamos reforzarnos unos a otros.

La cuestión de fondo que debe plantearse la Iglesia no gira alrededor de la independencia o del unionismo.

La cuestión que le han planteado a la Iglesia Protestante es si está a favor de los derechos humanos y, concretamente, si está a favor de que el pueblo catalán pueda ejercer su Derecho a Decidir.

Más de 800 instituciones en Catalunya se han pronunciado a favor de que el pueblo catalán pueda decidir. También lo han hecho las confesiones religiosas.

La cuestión que se le plantea a la Iglesia Protestante es si quiere decidir sobre el Derecho a Decidir.

Esa es nuestra responsabilidad histórica y según decidamos pasaremos a la historia.

Otra vez elecciones. Y otra vez la misma situación: ¿a quién votar? Hay personas que ya tienen la decisión tomada. Sean quienes sean los que se presenten tienen decidido votar "a sus". Otros tienen dudas y por esta razón escuchan y preguntan. Ambos tipos de votantes se informan. Unos para reafirmar sus ideas. Los otros para encontrar dirección para responder a su pregunta sobre a quién deben votar.
Desde cualquier punto de vista una y otra posición son correctas. Nada que decir. ¿Nada que decir? Bueno, nada que decir... excepto si hablamos de corrupción.
Porque cuando hablamos de corrupción, seamos o no seamos cristianos, seamos o no seamos religiosos, lo que se trata es de otra decisión.

Nos encontramos ante una situación donde ya no vale aquello de votar "a mis" o de votar "a quienes lo harán mejor". Se trata de no votar a quien ha aprovechado su posición política para enriquecerse personalmente. Y en este punto no hay ni "mis" ni "tuyos" ni razones de "eficacia" o de "ineficacia". Hay, sencillamente, enriquecimiento personal y, ésta es, sin ningún tipo de duda ni de justificación, una mala elección.
No podemos votar a quien se haya enriquecido personalmente de forma fraudulenta.
Juan Wesley, uno de los tres padres del protestantismo junto con Lutero y Calvino, en un artículo conocido como "Carta a un Votante", lo primero que pone sobre la mesa es precisamente esta cuestión de la corrupción.
¿Qué llevó a un pastor metodista inglés a publicar un artículo sobre esta cuestión? Pues lo que le llevó a escribir su artículo es lo mismo que me lleva a mí, y a tantos otros, a hacerlo: exhortar a cada persona a valorar la importancia de su voto.
La diferencia entre Juan Wesley y el resto de nosotros es que cuando escribió su artículo advirtiendo contra la corrupción él mismo no podía votar, por no cumplir los requerimientos económicos para hacerlo. Hoy no tenemos estas limitaciones y por esta razón tenemos el derecho a votar. Pero precisamente porque hoy tenemos más derechos que de los que tenía el mismo Juan Wesley, y tanta y tanta gente de su época, aún debemos ser más responsables con nuestro voto.
No votar a los corruptos es una buena manera de asumir esta responsabilidad.

De la mano del profesor Pablo de Diego la Universidad Nacional a Distancia (UNED) ha organizado un curso sobre protestantismo que habrá que repetir cuantas veces sea necesario. Ni que decir el acierto de la decisión -desde nuestro punto de vista-. Una iniciativa de estas características no sólo hay que aplaudirla, sino que hay que difundirla tanto como nos sea posible.

Que la Universidad se ocupe académicamente los protestantes es todo un acierto y, desgraciadamente, es todavía una novedad que reclama ser noticia.

La buena noticia sería que fuera tan habitual una situación como ésta que no hubiera que hacer noticia.

Aún no estamos en ese punto de nuestra historia.

El acierto de estas iniciativas se doble.

Por un lado, da la oportunidad de conocer de primera mano la realidad histórica y la fuerza del presente de la segunda confesión religiosa del país.

Por otro lado, abre un espacio de diálogo, de conocimiento y de intercambio entre los diferentes ponentes que ayuda a que la causa del protestantismo adelante.

La creciente desafección del liderazgo más concienciado de la comunidad protestante hacia nuestra democracia, que es incapaz de dar la respuesta esperada, es cada vez más creciente.

Esta democracia es el sistema político donde las mayorías consiguen lo que quieren demostrando una sensibilidad escasa, para ser generosos, con las minorías -por significativas que éstas sean-.

Es la democracia de los vencedores.

No les preocupa las razones porque tienen la fuerza para imponerse.

Esta manera de entender la democracia no es demócrata.

La democracia no consiste sólo en obtener la mayoría, sino en llenarse de razones que den legitimidad a las mayorías.

Nuestra sociedad hasta ahora no ha sabido poner en valor ni la historia del protestantismo de este país ni tampoco lo ha vivido como parte de su propia historia.

La historia de los protestantes ha sido esto: la de los protestantes.

Como si los protestantes no fuéramos parte de este país, sino de un país imaginario en el que se nos ha querido recluir.

Y en este reparto de culpas la Universidad ha contribuido muy poco a enderezar las cosas. Son aquellos que se ponen a sí mismos la etiqueta de "pensadores" a quienes les corresponde ir más allá de la propia circunstancia para orientarse y para orientarnos en el futuro.

Por esta razón es una muy buena noticia que la Universidad haya iniciado este nuevo camino. Un camino lleno de obstáculos porque los prescriptores del país aún no se han dado cuenta de que la aportación protestante es un enriquecimiento que hasta ahora nos hemos perdido.

Con todo, yo soy de los que sigo teniendo fe en nuestra democracia, en nuestra universidad y en nuestros universitarios.

El tiempo demostrará quien tenía razón.

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