De la mano del profesor Pablo de Diego la Universidad Nacional a Distancia (UNED) ha organizado un curso sobre protestantismo que habrá que repetir cuantas veces sea necesario. Ni que decir el acierto de la decisión -desde nuestro punto de vista-. Una iniciativa de estas características no sólo hay que aplaudirla, sino que hay que difundirla tanto como nos sea posible.

Que la Universidad se ocupe académicamente los protestantes es todo un acierto y, desgraciadamente, es todavía una novedad que reclama ser noticia.

La buena noticia sería que fuera tan habitual una situación como ésta que no hubiera que hacer noticia.

Aún no estamos en ese punto de nuestra historia.

El acierto de estas iniciativas se doble.

Por un lado, da la oportunidad de conocer de primera mano la realidad histórica y la fuerza del presente de la segunda confesión religiosa del país.

Por otro lado, abre un espacio de diálogo, de conocimiento y de intercambio entre los diferentes ponentes que ayuda a que la causa del protestantismo adelante.

La creciente desafección del liderazgo más concienciado de la comunidad protestante hacia nuestra democracia, que es incapaz de dar la respuesta esperada, es cada vez más creciente.

Esta democracia es el sistema político donde las mayorías consiguen lo que quieren demostrando una sensibilidad escasa, para ser generosos, con las minorías -por significativas que éstas sean-.

Es la democracia de los vencedores.

No les preocupa las razones porque tienen la fuerza para imponerse.

Esta manera de entender la democracia no es demócrata.

La democracia no consiste sólo en obtener la mayoría, sino en llenarse de razones que den legitimidad a las mayorías.

Nuestra sociedad hasta ahora no ha sabido poner en valor ni la historia del protestantismo de este país ni tampoco lo ha vivido como parte de su propia historia.

La historia de los protestantes ha sido esto: la de los protestantes.

Como si los protestantes no fuéramos parte de este país, sino de un país imaginario en el que se nos ha querido recluir.

Y en este reparto de culpas la Universidad ha contribuido muy poco a enderezar las cosas. Son aquellos que se ponen a sí mismos la etiqueta de "pensadores" a quienes les corresponde ir más allá de la propia circunstancia para orientarse y para orientarnos en el futuro.

Por esta razón es una muy buena noticia que la Universidad haya iniciado este nuevo camino. Un camino lleno de obstáculos porque los prescriptores del país aún no se han dado cuenta de que la aportación protestante es un enriquecimiento que hasta ahora nos hemos perdido.

Con todo, yo soy de los que sigo teniendo fe en nuestra democracia, en nuestra universidad y en nuestros universitarios.

El tiempo demostrará quien tenía razón.

Cáritas acaba de publicar un estudio según el cual España es el segundo de Europa en pobreza infantil. Evidentemente hay quien quisiera amordazar ésta y otras voces que ponen el dedo en la llaga.

Por este motivo ahora es cuando hay que mostrar nuestra solidaridad con Cáritas.

La valentía de Cáritas de decir las cosas tal como son, y de decirlo desde su plataforma, ha permitido amplificar el drama de la pobreza que se está viviendo.

En este país hay debates que siempre se quieren ahogar. La necesidad de ayudar a las familias a educar a sus hijos, la libertad religiosa, la pobreza y otros son debates que, en el supuesto que se abran, se hacen con la boca pequeña y terminan sin cambios sustanciales que modifiquen la situación actual.

Pero la realidad es terca y acaba imponiéndose.

Es el caso de la pobreza.

No podemos ocultar el incremento de la pobreza extrema y de la pobreza relativa de los últimos años.

Incluso la propia Unión Europea ha denunciado esta situación.

La denuncia de Cáritas, y de todas las otras ONGs de Acción Social que lo han hecho y que lo seguirán haciendo, no debe caer en saco roto. Debe contribuir a incrementar la conciencia social.

Difundir el dolor que generan estas situaciones es una buena manera de contribuir a incrementar nuestra conciencia social.

Los protestantes tenemos una larga y triste experiencia sobre las injusticias constitucionales. Siempre hemos sido legalmente ciudadanos de segunda -constitucionalmente hablando-.

Lógicamente las Leyes de Libertad Religiosa, y las normativas que se derivan para su aplicación, han reflejado esta realidad.

Este criterio se aplica incluso en el presente marco democrático.

La Ley de Libertad Religiosa actualmente vigente no regula los Derechos Colectivos de las Minorías Religiosas -que es su principal razón de ser-. La Ley, que fue aprobada por unanimidad por el Parlamento Español, consiente que haya diferencias y desigualdades entre la confesión mayoritaria y el resto de confesiones religiosas. Más aún: entre la sociedad civil organizada y las confesiones religiosas minoritarias.

La conclusión a la que nos lleva este hecho es que el actual marco democrático no da respuesta a las demandas de justicia y de igualdad de las minorías religiosas.

Seguramente por esta razón el actual Presidente de la Federación Protestante, la FEREDE, a los pocos días de tomar posesión de su cargo ya pidió públicamente la reforma de la actual constitución.

Naturalmente que en los casi cuarenta años de democracia se han producido avances en materia de libertad religiosa. Lo que hay que aclarar es que estos avances se han producido más por la bondad de determinadas personas, que han tenido responsabilidades en la materia, que por una voluntad política de hacer justicia a las minorías religiosas.

¿Es la actual constitución la herramienta que ha de resolver el desencaje de las minorías religiosas? La única respuesta posible que podemos aportar es el hecho de que hasta ahora de poco nos ha servido.

Que un principio sea constitucional no quiere decir que sea justo. Seguramente será legal pero una legalidad que ampara una injusticia difícilmente perdura en el tiempo sin que genere rechazo.

Y eso es lo que está pasando con esta constitución.

Si la constitución, o su aplicación, no conlleva la justicia colectiva que se le demanda, o hay que cambiarla o hay que cambiar el criterio de aplicación.

Lo que podemos constatar es que algo se ha hecho mal hasta ahora.

Y los protestantes no queremos esperar otros 40 años para dejar de ser ciudadanos de segunda.

El péndulo de la historia amenaza con volver. Al menos eso es lo que se desprende del programa emitido por la Primera Cadena de TVE "59 segundos", presentado por María Casado, en el cual se suponía que se iba a tratar de la posible futura ley de Libertad Religiosa. Al mismo fueron invitados a participar los representantes de las confesiones de notorio arraigo (Judíos, Musulmanes y Protestantes), los representantes de la Iglesia Católica y representantes de organizaciones de la sociedad civil.
En realidad el debate fue prácticamente un largo monólogo del señor Francisco Delgado, presidente de una organización llamada "Europa Laica". Los demás participantes trataron, con más aciertos (Mariano Blázquez, representante de la Comunidad Protestante) unos que otros y con algunos desafortunados desaciertos, de posicionarse sobre la cuestión que les convocaba.
Claro que la tarea no resultaba nada fácil dado que todas las preguntas iban dirigidas en primer lugar al representante del laicismo, que no de la sociedad laica. Y, por si no hubiéramos tenido suficiente, se añadieron dos participaciones grabadas del Presidente de la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores.

En definitiva, en un espacio en el que se suponía que los representantes de las minorías religiosas, y de la Iglesia mayoritaria, iban a presentar sus respectivas posiciones sobre la futura ley de Libertad Religiosa se dio el protagonismo a los no religiosos y se centró el debate sobre la libertad de conciencia en lugar de centrase sobre la Libertad Religiosa.
Una vez más las minorías religiosas de este país se quedaron sin voz.
Hemos pasado de la exclusión histórica, a la que se ha habituado nuestra sociedad, a ser ahora excluidos por otros.
La libertad de conciencia es un derecho amparado por la Constitución y por otras normas legales. La libertad de conciencia, como la libertad de creencia, es un derecho individual conocido, reconocido y amparado, de manera sólida y consistente, por el actual ordenamiento jurídico en nuestro Estado de Derecho. Y si alguien piensa que esto no es así que promueva una ley específica que ampare todavía más este derecho individual.
El debate sobre la futura ley de Libertad Religiosa no ha de girar alrededor de la libertad de conciencia sino que ha de determinar cuáles han de ser los Ámbitos (Acuerdos) de Cooperación entre el Estado, en sus diferentes niveles administrativos, y las Confesiones Religiosas de este país - incluida la Iglesia Católica. Se trata, pues, de establecer el espacio del derecho colectivo para aquellas personas que se han agrupado, de manera estable, en función de su fe.
Hablar de otras cuestiones puede que resulte muy interesante pero se aleja de la Libertad Religiosa que necesita este país. Mejor dicho: de la defensa de la Libertad Religiosa de las minorías religiosas de este país, unas relaciones que han de estar basadas en la igual entre confesiones y entre estas y la sociedad civil organizada.
Reclamo nuestro derecho a dejar de ser ciudadanos de segunda en este país por el hecho de ser protestantes. ¿Es pedir demasiado a principios del siglo XXI? La Reforma Protestante se inicio en el siglo XVI. ¿Cuántos siglos hemos de continuar esperando para dejar de ser ciudadanos de segunda en este país?

Los impactos de la crisis económica sobre la Comunidad Protestante se hacen notar en una doble medida. Por un lado, porque ha afectado directamente a las ofrendas, que es la única fuente de ingresos que tenemos y, por otra parte, porque la demanda de ajuste social se ha incrementado, tanto de manera interna como de manera externa. Es decir: ha aumentado la precariedad social entre los propios miembros de la Comunidad Local y se ha incrementado la demanda de solidaridad que recibimos del resto de la ciudadanía.

La razón principal de esta situación de crisis económica es el paro.

Hay Comunidades Locales en las que el 25% de la misma está en paro. Esta cifra no es aplicable a todas las Comunidades Locales porque hay que compensarla con aquellas otras Comunidades Locales donde sólo hay un 5% de paro.

Pero, incluso en éstas, las ofrendas se han resentido.

El descenso de las ofrendas puede llegar hasta un 25% o un 30%. El promedio de reducción de las ofrendas puede estar entre un 10 y un 15%. Las razones de esta situación, aparte del paro, es que se han perdido las horas extras, las nóminas se cobran con meses de atraso, la jornada laboral se ha visto disminuida, el sueldo se ha congelado o parte del mismo se cobra en negro-si no quieres ser despedido por la empresa-.

Otros creyentes se encuentran con que tienen que dedicar más horas a trabajar por el mismo sueldo con lo que ello implica de disponer de menos tiempo para dedicarlo a tareas voluntarias que antes podían hacer en sus comunidades locales.

Es del todo claro que ésta es la misma situación que padecen miles y miles de ciudadanos hasta llegar a la dramática cifra de los seis millones de parados que hay actualmente.

La diferencia es que para la Comunidad Protestante esta situación genera una crisis económica interna que hay que ponderar adecuadamente.

Pocas son las medidas que pueden aplicar las Comunidades Locales para compensar esta pérdida de ingresos. Los gastos fijos son inamovibles por lo que sólo queda el capítulo del sueldo del pastor o de la pastora y el capítulo del programa de actividades. Es en estos dos capítulos donde se está repercutiendo la reducción de ingresos, excepto en el apartado de solidaridad que, quien más quien menos, ha intentado incrementar en la medida de sus posibilidades.

No hay que olvidar que históricamente la Iglesia Protestante entre nosotros siempre ha sido una Iglesia que vive su fe en la sobriedad de la precariedad económica. Con todo, la crisis económica ha generado un nuevo agravamiento de esta situación de precariedad económica.

La crisis económica que nos rodea nos recuerda a creyentes y a no creyentes la virtud de la sobriedad como valor en el que hay que seguir viviendo, o que hay que recuperar por parte de aquellas personas que en estos tiempos de despilfarro la hayan perdido.

Cuanto antes nos ajustemos a volver a vivir en sobriedad antes nos capacitaremos a nosotros mismos para adoptar el estilo de vida que nos espera el día de mañana y de pasado mañana.

Claro que la sobriedad sin solidaridad es un engaño para propios y extraños.

Digámoslo claro. Sólo hay una razón para caminar en sobriedad: que nuestra sobriedad nos lleve cada día a ser más solidarios.

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